Decidí escribir estas líneas a las juventudes, convencido de que ustedes son semillas plantadas en tierra fértil. Les escribo a quienes, desde la rebeldía consciente y necesaria, se atreven a salir del laberinto de las redes sociales; esos que miran al sol y contemplan el infinito azul del cielo, que disfrutan los verdes de la naturaleza; los que con irreverencia se quitan los zapatos para caminar descalzos y salen a correr por una playa; los que no se resisten a lanzarse al agua o simplemente disfrutan acostarse bajo la sombra de un árbol a escuchar el canto de los pájaros; los que se saben parte de la Madre Tierra.
Hoy comparto estas reflexiones con quienes escriben poemas o componen canciones, a quienes las cantan —incluso si solo las tararean—, a los que pintan en lienzos y a los que hacen grafitis, a los que hacen deportes y a los que solo forman parte de las barras; pero, especialmente, les escribo a los que se toman un tiempo para reflexionar acerca del rol que les corresponde en este tiempo complejo, cuando la humanidad se enfrenta a la amenaza del fascismo tecnoligárquico que, en su voracidad sin límites, pone en riesgo nuestro derecho a existir; a los que están convencidos y convencidas de que con pequeñas acciones logramos grandes cambios.
No quiero aburrirlos con discursos llenos de lugares comunes que repiten, una y otra vez, que las juventudes son la esperanza, la inspiración y la ternura de este mundo de cambios constantes. Ustedes lo saben, lo sienten y lo entienden desde sus diversidades, sus realidades, sus anhelos e, incluso, desde sus miedos; porque, así como ustedes, todas las generaciones que les precedimos sentimos en su momento el llamado a levantarnos y hacernos más presente que futuro, y así lo recoge nuestra historia patria.
En medio del "diálogo de sordos" que caracteriza a este mundo homogeneizado por la dictadura del algoritmo, es fundamental desconectarnos para reconectar. A cada generación le corresponde una misión, y cada una se va entretejiendo en la espiral de la vida. Hoy, el reto es revalorizar nuestros orígenes, resignificar nuestra identidad y resemantizar la cotidianidad.
Las juventudes, con la creatividad que las caracteriza, con la energía, la alegría y la frescura propia de esa etapa maravillosa, son una fuerza transformadora que debe asumirse desde lo colectivo para así contribuir a la paz, el bienestar y la prosperidad de todas y todos. Como dijo Jean-Paul Sartre: “No perdamos nada de nuestro tiempo; quizá los hubo más bellos, pero este es el nuestro”.
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